La recuerdo, y mi corazón solo conoce el perfume de ella. Estuvo mi vodka tónico abandonado en la barra todo el tiempo y ahí lo dejé mientras me emborrachaba con su voz y su mirada. Sorbía de a poco un coctel y sus labios eran para morir por ellos, imaginé al verla cosas que no se pueden imprimir y ella lo descubrió en mis ojos, todo lo supo y fue mi cómplice y yo su prisionero. Te deseo, le dije y ella se rió de mi frase estúpida y tomó mis manos con las suyas tan blancas y delgadas y me sacó de la barra para que bailáramos una canción inexistente y yo para sentir su cuerpo fingí también que bailaba; ella fue la que después de un rato escucho el final de esa canción y me devolvió a la barra. La hubiera acompañado al baño si el mesero no se hubiera interpuesto para recoger un cenicero y tuve que encender un cigarro para no ceder a los nervios o a la extraña calma de su espera. Pero volvió, y trajo consigo un rostro extraño y un silencio que no me atreví a enfrentar. Ya no bailó y yo y...
Esto es lo mejor que encontré por cincuenta centavos...