Mece tu sonrisa mi cuerpo herrado como a la grácil hoja el
viento, como la borrasca al árbol, sin compasión,
sin rumbo, como al nuevo enero el peso de los franqueados años. Se escapa mi
corazón del pecho, corre a donde tu voz le diga. Todo mi cuerpo es tuyo, todos
los caminos de todos mis pasos. No me preguntes sin embargo, cuanto es que yo
te quiero. Yo siempre diré que no tanto.
Hace poco, mientras hacía zapping, me encontré con una entrevista a Julio Cortázar sobre su proceso de escritura, y me sentí un poco identificado, salvando, claro, las abismales diferencias. Me recuerdo a mis veintes, cuando el autobús me llevaba de regreso a casa después de la universidad y yo escribía mientras miraba por la ventana una breve idea: la semilla de algo que me había llamado la atención durante el día —una palabra, una sonrisa, un perro persiguiendo su cola…—. A los veinte casi todo es nuevo y sorprendente, así que era difícil quedarse sin tema. Días o semanas después, revisaba esa libreta donde se mezclaba cálculo integral, poemas a medio escribir y fragmentos garabateados (difíciles de descifrar debido a mi caligrafía: quien los viera pensaría que estudiaba medicina y no ciencias computacionales) y trataba de recordar qué quise decir, probablemente inventando el motivo original. Más tarde, iba refinando esa brizna de idea: buscaba en la memoria la forma más elaborada de...
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