Trato de enfocarme en el trabajo para que el tiempo pase rápido, entonces solo vivo entre semana para esperar los viernes.
Pero luego me pongo triste porque paso una semana entera y no paso nada más que trabajo y siento que estoy tirando mi vida a la basura.
Es decir, es entendible, si se tiene una situación horrible lo que menos se quiere es vivirlo al máximo.
De pronto me llegan a la mente las palabras de Steve Jobs, "Si hoy fuera el último día de tu vida, te gustaría estar haciendo lo que ahora haces?"
La respuesta depende de cómo interpretas las pregunta, en el hipotético caso de que pudiera hacer lo que sea, que ahora mismo tuviera las oportunidades y recursos, desde luego que me gustaría estar haciendo otras cosas, no preocuparme por las facturas y estar viajando indefinidamente por el mundo, leyendo, escribiendo, conviviendo con mis amigos. Desde ese punto de vista, no estoy haciendo lo que me gustaría.
Pero esto es un hipotético caso, si tomo la pregunta tomando en cuenta mis recursos y situación actual pues creo que soy afortunado, trabajo de lo que me gusta, me pagan muy bien y los fines de semana son increíbles, el futuro pinta bien.
Cae el golpe de realidad y dejo de quejarme.
Quisiera no sentirme triste de golpe a veces.
----
Lo terrible no es elegir,
sino cuando las únicas puertas que se abren dan al mismo abismo.
Y uno, quieto en el umbral, elige con la esperanza
el golpe mas certero, el mas veloz.
Me esfuerzo en trabajar con esmero,
como quien cava un hoyo no para escapar,
sino para enterrar el tiempo.
Así, los días se disuelven entre teclas y rutinas,
esperando la redención de los viernes.
Pero llega el viernes…
y descubro que nada pasó.
Una semana menos de vida,
con el alma apenas movida del escritorio al sofá.
Y siento que estoy tirando mi existencia en un bote
lleno de facturas pagadas y sueños vencidos.
Entonces me llega, como maldición o advertencia,
esa frase hueca y gloriosa de Steve Jobs:
“Si hoy fuera el último día de tu vida,
¿querrías hacer lo que estás haciendo ahora?”
Si me entregaran el mundo como un cheque en blanco,
si el tiempo y el dinero no tuvieran jaulas,
viajaría sin mapas,
leería hasta dormirme sobre los libros,
escribiría hasta que las palabras se quejen de mí,
abrazaría amigos sin mirar el reloj.
Desde ese lugar imposible,
claro que la respuesta sería no.
Pero si me quedo en mi cuerpo,
en esta ciudad, en esta oficina,
con mis cuentas pagadas y mis fines de semana como oasis,
entonces… quizás sí.
No es la vida soñada,
pero tampoco una pesadilla.
Entonces el golpe cae.
Suave pero certero.
Dejo de quejarme.
Sigo.
Como siguen todos.
Solo quisiera,
de vez en cuando,
no sentir esta tristeza tan de golpe.
Como si alguien bajara un interruptor
y la luz del alma se apagara
sin previo aviso.

Comentarios