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¿Quién dicta la escritura?

Hace poco, mientras hacía zapping, me encontré con una entrevista a Julio Cortázar sobre su proceso de escritura, y me sentí un poco identificado, salvando, claro, las abismales diferencias.

Me recuerdo a mis veintes, cuando el autobús me llevaba de regreso a casa después de la universidad y yo escribía mientras miraba por la ventana una breve idea: la semilla de algo que me había llamado la atención durante el día —una palabra, una sonrisa, un perro persiguiendo su cola…—. A los veinte casi todo es nuevo y sorprendente, así que era difícil quedarse sin tema.

Días o semanas después, revisaba esa libreta donde se mezclaba cálculo integral, poemas a medio escribir y fragmentos garabateados (difíciles de descifrar debido a mi caligrafía: quien los viera pensaría que estudiaba medicina y no ciencias computacionales) y trataba de recordar qué quise decir, probablemente inventando el motivo original. Más tarde, iba refinando esa brizna de idea: buscaba en la memoria la forma más elaborada de plasmar esa banalidad, el ritmo en mi cabeza, la poesía o la tristeza, según el ánimo del momento. Ahora estoy empezando a hacer lo mismo.

Ya no dispongo de esas horas de contemplación ni conservo tanto del asombro de mis veintes, pero creo que la curiosidad sigue ahí. Lo que me pregunto ahora es: ¿quién dicta mi escritura? Antes eran banalidades ligadas a mi experiencia diaria; hoy siento que la conversación se fuerza. De pronto encuentro videos y TikToks hablando de lo mismo que yo, y me pregunto si no somos todos víctimas de un discurso dictado sutilmente por quién sabe qué mano y desde quién sabe qué sombras. A todos nos suena Foucault y su poder normalizador, la necesidad de pertenecer, y los mismos temas recurrentes que seducen mi opinión y refuerzan esa tan atractiva como falsa idea de que siempre tengo la razón.

Lo cierto es que casi todo lo que pasa y observo no es por la ventana de un autobús o en la banca de una escuela sino a través de una pantalla. Y si bien pareciera que conozco ya no a decenas sino a cientos de personas y los lugares y las costumbres que contemplo me hacen sentir del jet set, algo dentro de mi cabeza, me despierta de la fantasía. Y ahora empeora si antes eran personas reales inventándose vidas y buscando formas creativas de decir lo mismo, ahora son cientos, miles de personas inventadas repitiendo la misma historia pero utilizando todos los artificios posibles para que uno no se dé cuenta.

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