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nuances

No soportan nuestros corazones esas sombras que proyectan el dolor que nos causamos hace tan poco tanto. Emergen de su dolor cuando dormimos, descansan el sufrimiento en nuestras manos repiten incansables su historia tan francamente otra vez, como las gotas de tu regazo. Yo me arrepiento justo como la sombra que me haces tu desde lo alto.

¡Tan terrible la tormenta!, ¡tan pequeño el vaso!

Yo no sé, si pones en caja aparte los te amo que te digo cuando estoy borracho. Cuando no me importa acercarme a tu cuello y respirar tu piel. No puedo argumentar que cuando las botellas están ya vacías todo se nubla, no, porque ciertamente es todo lo contrario: todo lo importante lo tengo claro, no tengo miedo de decir te amo y que no me respondas de igual modo, lo único que me interesa entonces solo eres tú, se reduce a la más ínfima importancia que cuando sepas cuanto te necesito tú quieras abandonarme. Pero la mayor parte del tiempo ahora solo estoy sobrio y cobarde. Soy un miserable que te ama y no te lo dice a diario. No imagino cuan profundamente a tu corazón he lesionado. Deseo, a veces, vivir constantemente con una botella de vodka vertida en la sangre y disfrutar desmedidamente estos tiempos que te tengo conmigo. Lo ansío en serio a veces, pero es que yo no sé, donde guardas los te amo que te digo cuando estoy borracho.

Carta de la maga a Rocamadour - Julio Cortázar

Rocamadour, ya sé que es como un espejo. Estás durmiendo o mirándote los pies. Yo aquí sostengo un espejo y creo que sos vos. Pero no lo creo, te escribo porque no sabes leer. Si supieras no te escribiría o te escribiría cosas importantes. Alguna vez tendré que escribirte que te portes bien o que te abrigues. Parece increíble que alguna vez, Rocamadour. Ahora solamente te escribo en el espejo, de vez en cuando tengo que secarme el dedo porque se moja de lágrimas. ¿ Por qué, Rocamadour ? No estoy triste, tu mamá es una pavota, se me fue al fuego el borsch que había hecho para Horacio; vos sabés quién es Horacio, Rocamadour, el señor que el domingo te llevó el conejito de terciopelo y que se aburría mucho porque vos y yo nos estábamos diciendo tantas cosas y él quería volver a París; entonces te pusiste a llorar y él te mostró como el conejito movía las orejas; en ese momento estaba hermoso, quiero decir Horacio, algún día comprenderás, Rocamadour. Rocamadour, es idiota llorar así por...

Necesito tu cuerpo para arrullar mis pesadillas

Solía platicar en la escuela con mi vecina de mesa. Le contaba sobre lo que hacia a diario y ella se divertía escuchando mis ocurrencias. - siempre tienes una historia que contar. Decía. Bueno, no tengo dinero para llevarte al cine, pero dime algo sobre lo que te gustaría escuchar un cuento. - hadas. Decía y frunciendo el ceño retadora, incrédula de que pudiese contarle un extraño cuento en el que ella era un hada. Luego, dos horas después, terminada la función, ella solo echaba de menos las palomitas y mi garganta un poco de agua. ¿Vamos a amarnos siempre? Siempre. Decía, hace diez años. Y yo me lo creía, cuando entonces no entendía que era amar, cuando no comprendía lo que significa en esa frase el siempre.   Publicado con Blogsy

Pulcra ergástula

En un cuarto de justificadas y dadivosamente planeadas medidas, escenario mudo de quiméricas transcendencias. Un botellón de agua, una flor, un escritorio de caoba o su más próxima imitación. Un ingrato teléfono. Pulcra ergástula. Ahí sospecho, y no temo equivocarme, han muerto delirantes poetas, prominentes escritores: abatidos músicos, magnánimas historias; las musas no han tenido más remedio que personificarse en hoscas secretarias. En la más frugal violencia mueren nobles almas a diario y tan horriblemente, se disminuyen con cada llamada, cada firma y solo de nueve a nueve con una hora para comer. Un cuerpo cansado llega cada noche a culpar de su desgracia a las sombras que el televisor refleja, pero sin ganas, sin verdadero odio.

7 minutes poem

Mece tu sonrisa mi cuerpo herrado como a la grácil hoja el viento, como la borrasca al árbol,  sin compasión, sin rumbo, como al nuevo enero el peso de los franqueados años. Se escapa mi corazón del pecho, corre a donde tu voz le diga. Todo mi cuerpo es tuyo, todos los caminos de todos mis pasos. No me preguntes sin embargo, cuanto es que yo te quiero. Yo siempre diré que no tanto.

Leila

Me recordé de pronto, de quince años sentado sobre la acera y con los pies sucios por el lodo. Observando a la que fue mi primer amor irse con un desgraciado y veinteañero. Moreno, alto y de barba tupida, como restregando mis carencias, todas juntas y seguramente a tener sexo salvaje. - Es que la tiene enorme. Fue el motivo y ni dijo adiós. De verdad deseo, desde el fondo de mi roído corazón que aquel afortunado joven sea ahora repartidor de bon ice y no un empresario de éxito. Aliviaría un poco esta tristeza que habita mi alma desde hace ya mas de una década.