En un cuarto de justificadas y dadivosamente planeadas medidas, escenario mudo de quiméricas transcendencias. Un botellón de agua, una flor, un escritorio de caoba o su más próxima imitación. Un ingrato teléfono. Pulcra ergástula.
Ahí sospecho, y no temo equivocarme, han muerto delirantes poetas, prominentes escritores: abatidos músicos, magnánimas historias; las musas no han tenido más remedio que personificarse en hoscas secretarias. En la más frugal violencia mueren nobles almas a diario y tan horriblemente, se disminuyen con cada llamada, cada firma y solo de nueve a nueve con una hora para comer.
Un cuerpo cansado llega cada noche a culpar de su desgracia a las sombras que el televisor refleja, pero sin ganas, sin verdadero odio.
Hace poco, mientras hacía zapping, me encontré con una entrevista a Julio Cortázar sobre su proceso de escritura, y me sentí un poco identificado, salvando, claro, las abismales diferencias. Me recuerdo a mis veintes, cuando el autobús me llevaba de regreso a casa después de la universidad y yo escribía mientras miraba por la ventana una breve idea: la semilla de algo que me había llamado la atención durante el día —una palabra, una sonrisa, un perro persiguiendo su cola…—. A los veinte casi todo es nuevo y sorprendente, así que era difícil quedarse sin tema. Días o semanas después, revisaba esa libreta donde se mezclaba cálculo integral, poemas a medio escribir y fragmentos garabateados (difíciles de descifrar debido a mi caligrafía: quien los viera pensaría que estudiaba medicina y no ciencias computacionales) y trataba de recordar qué quise decir, probablemente inventando el motivo original. Más tarde, iba refinando esa brizna de idea: buscaba en la memoria la forma más elaborada de...

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