Pienso en esta angustia que suele acompañarme, en las distancias que existen, en los caminos que nos invitaron y que orgullosos de nuestro juicio rechazamos. Lo pienso mientras dilapido algunos pasos y observo la hierba de un verde extraño, cubierta de la luz secreta de la tarde y que crece al lado del sendero. Todo este paisaje hermoso me acompaña de camino a casa justo después de despedirme de ti. Me persigue esta falta tuya en esta hermosa tarde como la soledad de un vicio. Y entonces, y después de todo, te necesito. Ahora la luz del dia se apaga, y con aquellos besos, nuestras necesidades mueren. Ahora puedes creerme que aun te quiero. Como nunca antes se nos van las horas, se nos olvida el hambre, se nos apaga el mundo. Luego viene la revuelta de la noche, la asonada del alcohol de mi garganta, el cigarro, los desvelos, el sueño que parece que me vence, el cansancio de la vida que es a todas horas. Luego viene el sueño eterno.
Hace poco, mientras hacía zapping, me encontré con una entrevista a Julio Cortázar sobre su proceso de escritura, y me sentí un poco identificado, salvando, claro, las abismales diferencias. Me recuerdo a mis veintes, cuando el autobús me llevaba de regreso a casa después de la universidad y yo escribía mientras miraba por la ventana una breve idea: la semilla de algo que me había llamado la atención durante el día —una palabra, una sonrisa, un perro persiguiendo su cola…—. A los veinte casi todo es nuevo y sorprendente, así que era difícil quedarse sin tema. Días o semanas después, revisaba esa libreta donde se mezclaba cálculo integral, poemas a medio escribir y fragmentos garabateados (difíciles de descifrar debido a mi caligrafía: quien los viera pensaría que estudiaba medicina y no ciencias computacionales) y trataba de recordar qué quise decir, probablemente inventando el motivo original. Más tarde, iba refinando esa brizna de idea: buscaba en la memoria la forma más elaborada de...
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