Era aburrimiento, sin duda. A través de sus ojos la total apatía florecía, se encaminaba. Pero en su mirada, el arqueo de sus cejas, el obscuro en sus pestañas, ahí se adivinaban aun mas cosas. Luego su boca roja. Adornada y simple. Su boca, su beso olvidado. Y entonces para su rostro mudo, su cuerpo también callaba. Su vestido pequeño y los vuelos que jugaban en sus piernas de muñeca linda como pestañas. Su escote, el marco de sus pechos apretados, como deseando salir a jugar. Todo el conjunto, sus medias y su cintura enmarcados por la puerta de madera y sobre ella, como etiquetas el letrero pintado encima de bar. Y el bar vacío y las demás muchachas igual de solas. Después la lluvia, afuera y húmeda. Pero la tristeza de sus ojos yo sé que es aburrimiento.
Hace poco, mientras hacía zapping, me encontré con una entrevista a Julio Cortázar sobre su proceso de escritura, y me sentí un poco identificado, salvando, claro, las abismales diferencias. Me recuerdo a mis veintes, cuando el autobús me llevaba de regreso a casa después de la universidad y yo escribía mientras miraba por la ventana una breve idea: la semilla de algo que me había llamado la atención durante el día —una palabra, una sonrisa, un perro persiguiendo su cola…—. A los veinte casi todo es nuevo y sorprendente, así que era difícil quedarse sin tema. Días o semanas después, revisaba esa libreta donde se mezclaba cálculo integral, poemas a medio escribir y fragmentos garabateados (difíciles de descifrar debido a mi caligrafía: quien los viera pensaría que estudiaba medicina y no ciencias computacionales) y trataba de recordar qué quise decir, probablemente inventando el motivo original. Más tarde, iba refinando esa brizna de idea: buscaba en la memoria la forma más elaborada de...
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Muuuuuuuacks!
Hols, Shinji!