Quiero abrazarte cuando estoy aquí frente a la computadora y pienso en ti. Quiero abrazarte en las mañanas cuando despiertas a mi lado y me recibes junto al día con una sonrisa sin dientes. Me gusta cuando ríes por que te pico el estomago y te hace cosquillas, me preocupa pensar que podría estarte pasando algo y no me lo puedes hablar, y me hace gracia verte reír solo por que quieres nieve de limón, o galletas de animalito, o Coca-Cola, pedacito mio.
Hace poco, mientras hacía zapping, me encontré con una entrevista a Julio Cortázar sobre su proceso de escritura, y me sentí un poco identificado, salvando, claro, las abismales diferencias. Me recuerdo a mis veintes, cuando el autobús me llevaba de regreso a casa después de la universidad y yo escribía mientras miraba por la ventana una breve idea: la semilla de algo que me había llamado la atención durante el día —una palabra, una sonrisa, un perro persiguiendo su cola…—. A los veinte casi todo es nuevo y sorprendente, así que era difícil quedarse sin tema. Días o semanas después, revisaba esa libreta donde se mezclaba cálculo integral, poemas a medio escribir y fragmentos garabateados (difíciles de descifrar debido a mi caligrafía: quien los viera pensaría que estudiaba medicina y no ciencias computacionales) y trataba de recordar qué quise decir, probablemente inventando el motivo original. Más tarde, iba refinando esa brizna de idea: buscaba en la memoria la forma más elaborada de...
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