Partiendo del hecho de que todas mis acciones anteriores están equivocadas y me han conducido a esta situación que por definición es un error, entonces, desde este punto que es un error, la consecuencia de este presente será también un equivocado futuro. Una vez que has roto algo, juntar las piezas solo hace menos visible el desastre. Esa preocupación excesiva por la consecuencia es, a mi parecer una tontería. No hay razón para los juicios, las consecuencias solo se hicieron para los absurdos, y a mi botella de carmeniere no le quedan más que minúsculos mililitros.
Hace poco, mientras hacía zapping, me encontré con una entrevista a Julio Cortázar sobre su proceso de escritura, y me sentí un poco identificado, salvando, claro, las abismales diferencias. Me recuerdo a mis veintes, cuando el autobús me llevaba de regreso a casa después de la universidad y yo escribía mientras miraba por la ventana una breve idea: la semilla de algo que me había llamado la atención durante el día —una palabra, una sonrisa, un perro persiguiendo su cola…—. A los veinte casi todo es nuevo y sorprendente, así que era difícil quedarse sin tema. Días o semanas después, revisaba esa libreta donde se mezclaba cálculo integral, poemas a medio escribir y fragmentos garabateados (difíciles de descifrar debido a mi caligrafía: quien los viera pensaría que estudiaba medicina y no ciencias computacionales) y trataba de recordar qué quise decir, probablemente inventando el motivo original. Más tarde, iba refinando esa brizna de idea: buscaba en la memoria la forma más elaborada de...
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Muuuuacks!