Veinte minutos de manejo no se comparan. Cuando no tenía auto me encerraba en los audífonos y durante cuarenta minutos, colocado discretamente en el trasporte público pensaba en todo y en nada. De pronto, el material con el que están hechos los sueños se acaba, y también mueren los sueños. Comer se convierte en una necesidad biológica, y descansar es lo más parecido a un anhelo. La vida en oficina conlleva sacrificios y posee cierto grado de interés. Como el mundo se reduce al espacio que ocupa el edificio oficinista los chismes se vuelven pocos y hay poco hacia dónde mirar. Los elementos que componen la sociedad se reducen tan al mínimo que es posible observar una globalidad haciendo muy poco esfuerzo. Ahí están las clases sociales, los roles pasivos y activos, las disfunciones, la mediocridad, la perseverancia, la estupidez, la genialidad y el arte. Poco a poco el mundo de afuera se convierte en un cartel encantado y mentiroso, y terriblemente atractivo.
Hace poco, mientras hacía zapping, me encontré con una entrevista a Julio Cortázar sobre su proceso de escritura, y me sentí un poco identificado, salvando, claro, las abismales diferencias. Me recuerdo a mis veintes, cuando el autobús me llevaba de regreso a casa después de la universidad y yo escribía mientras miraba por la ventana una breve idea: la semilla de algo que me había llamado la atención durante el día —una palabra, una sonrisa, un perro persiguiendo su cola…—. A los veinte casi todo es nuevo y sorprendente, así que era difícil quedarse sin tema. Días o semanas después, revisaba esa libreta donde se mezclaba cálculo integral, poemas a medio escribir y fragmentos garabateados (difíciles de descifrar debido a mi caligrafía: quien los viera pensaría que estudiaba medicina y no ciencias computacionales) y trataba de recordar qué quise decir, probablemente inventando el motivo original. Más tarde, iba refinando esa brizna de idea: buscaba en la memoria la forma más elaborada de...
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