Lo que adoro son tus manos. Tus ojos que todo lo ven, tus manos todo lo toman. Es tan interesante un objeto cuando se desconoce, efímera la felicidad de saberlo todo. Yo te quiero tanto y tú muy poco lo sabes. Es invaluable, cuando por las noches oscuras me necesitas y cuando tienes hambre. Es indispensable, que me esperes llegar en la noche para que te abrace. Que me despidas en las mañanas con un beso, que no quieras que me marche. Yo te quiero con la infinidad de la tarde, muéstrame los colores, muéstrame lo que ya sabes. Te quiero bebe, te quiero como no quiero a nadie.
Hace poco, mientras hacía zapping, me encontré con una entrevista a Julio Cortázar sobre su proceso de escritura, y me sentí un poco identificado, salvando, claro, las abismales diferencias. Me recuerdo a mis veintes, cuando el autobús me llevaba de regreso a casa después de la universidad y yo escribía mientras miraba por la ventana una breve idea: la semilla de algo que me había llamado la atención durante el día —una palabra, una sonrisa, un perro persiguiendo su cola…—. A los veinte casi todo es nuevo y sorprendente, así que era difícil quedarse sin tema. Días o semanas después, revisaba esa libreta donde se mezclaba cálculo integral, poemas a medio escribir y fragmentos garabateados (difíciles de descifrar debido a mi caligrafía: quien los viera pensaría que estudiaba medicina y no ciencias computacionales) y trataba de recordar qué quise decir, probablemente inventando el motivo original. Más tarde, iba refinando esa brizna de idea: buscaba en la memoria la forma más elaborada de...
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