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Les excès de cette étranger réalité

Hay una tenue luz azul que cubre todo el lugar y sus no azules espacios, en la blanca pared y sobre la gris pantalla y sobre mis manos. Esta luz le permite a mi cabeza no pensar en nada más que en que estoy trabajando y a pesar de que se escucha un poco de Miles Davis al fondo mi cabeza solo debe ejecutar todas esas cosas aburridas y no imaginar nada que no haya ya sido pulcramente escrito, definido y autorizado.

Llevo trece años jugando a ser importante y casi me la creo, de pronto dejé de encontrar sentido al juego y ahora huyo metódicamente de toda responsabilidad laboral y corro hacia las 5 de la tarde para irme a acostar a mi sillón a mirar la tele.

Ayer soñé que podría intentar considerar todas esas líneas de código que escribo un arte y dejarme crecer el cabello para que no me corran de las fiestas esas en donde todos hablan de cosas que no se pueden tocar y que son inmunes al consenso. Me imagine sosteniendo un vaso con alcohol y colorantes comentando el libro de Dickens que no he terminado y alabando la cultura de todos esos países que no he visitado.

Entonces hoy hice una pausa a llenar archivos de Excel con todas las improbables situaciones en las que un número no sea un número y un objeto no sea un objeto y el valor no tenga valor y un software que vale millones de dólares sucumba a lo improbable para escribir un poco y acercarme a ese comentario sobre Dickens y la costumbre de beber café cuando se lee en Le Monde Les excès de cette étrange réalité

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