Teníamos catorce años entonces, me encantaba su piel en las mañanas, su olor a jabón y champú; de almendras y avena. El calor de su cintura, su falda ceñida en sus caderas, sus piernas morenas, el tacto que me proporcionaba en el frio de diciembre. Apenas la conocía, y ella parecía conocerlo todo de mí. Te he observado, me confesó, entonces comprendí y me alegré de ser discreto. Sus finos labios apenas rozaban los míos cuando me besaba y temblaba suavemente cuando acariciaba sus hombros, sus brazos, su cuello. Después de clases íbamos a un parque cercano y nos acurrucábamos en una banca a contarnos nuestras historias pasadas. Cantaba en voz alta canciones de los backstreet boys y movía las manos como imitando la coreografía de un video. Tenía una amiga que enviaba a mi salón a entregarme cartas en las que dibujaba corazones y flores. Su amiga se burlaba de lo infantiles que éramos, plantaba la carta en mis manos y sonreía con pulla mientras giñaba unos ojos grises muy bonitos que ocultaba detrás de unos lentes de armazón negro. Después de una semana de sudarnos las manos su amiga nos invitó a su casa, a hacer tarea decían. Compramos una pizza y escuchamos música. De los backstreet boys. Jugamos a la botella con una de coca-cola. Su amiga me retó a confesarles la cosa más loca que había hecho. Respondí. Al día siguiente ella me pidió que rompiéramos. Y su amiga, que comenzáramos. Fue extraño, creo. Las apariencias engañan, comprendí. Ser reservado no significaba ser tímido, acceder ingenuo al momento no significaba ser atrevido. Hipócrita me llamé desde entonces.
Hace poco, mientras hacía zapping, me encontré con una entrevista a Julio Cortázar sobre su proceso de escritura, y me sentí un poco identificado, salvando, claro, las abismales diferencias. Me recuerdo a mis veintes, cuando el autobús me llevaba de regreso a casa después de la universidad y yo escribía mientras miraba por la ventana una breve idea: la semilla de algo que me había llamado la atención durante el día —una palabra, una sonrisa, un perro persiguiendo su cola…—. A los veinte casi todo es nuevo y sorprendente, así que era difícil quedarse sin tema. Días o semanas después, revisaba esa libreta donde se mezclaba cálculo integral, poemas a medio escribir y fragmentos garabateados (difíciles de descifrar debido a mi caligrafía: quien los viera pensaría que estudiaba medicina y no ciencias computacionales) y trataba de recordar qué quise decir, probablemente inventando el motivo original. Más tarde, iba refinando esa brizna de idea: buscaba en la memoria la forma más elaborada de...
Comentarios
Mira que hacer coreografías de los BSB no cualquiera jajajajajaja
:P!
Saludos!!