“Estuve a punto de morir” dije, y todas las chicas hicieron en sus rostros una expresión de fingido asombro. Lo mencioné, no esperando la atención del publico femenino, sino para que mi silencio no fuera interpretado como apatía y aburrimiento. Entonces, en la fiesta, fui nuevamente el centro de atención. Como para mi es normal el riesgo, he de suponer que es tan natural correr riesgos con la vida. Si nos ponemos estrictos va a salir resultando que a cada día que despertamos, la muerte es una probabilidad no tan distante como quisiéramos y que no mengua ni con las horas ni con los años. Mueren los pobres y mueren los ricos, mueren los viejos, mueren los niños; y a cada segundo que sucede, cada vez con más frecuencia. Me acordé del primo de 10 años de Yoselin; está enfermo del corazón y corre a cada día el riesgo de terminar los días de un ataque de insuficiencia. Después de algunos muchos análisis resultó que debe ir a operarse, a corazón abierto, en la ciudad capital, y sin embargo, en vez de estar triste o preocupado por que puede morir en la camilla de un quirófano, está rebosante de alegría por que por fin saldrá del pueblo y conocerá la ciudad capital. Ese niño, está todos los días a punto de morir y no lo cuenta en las fiestas para conocer chicas. Me sentí patético al recordarlo y entonces me consolé diciendo que no es igual de emocionante contar la persecución de un Mustang por un Corvette rayado brutalmente por un conductor inexperto.
Hace poco, mientras hacía zapping, me encontré con una entrevista a Julio Cortázar sobre su proceso de escritura, y me sentí un poco identificado, salvando, claro, las abismales diferencias. Me recuerdo a mis veintes, cuando el autobús me llevaba de regreso a casa después de la universidad y yo escribía mientras miraba por la ventana una breve idea: la semilla de algo que me había llamado la atención durante el día —una palabra, una sonrisa, un perro persiguiendo su cola…—. A los veinte casi todo es nuevo y sorprendente, así que era difícil quedarse sin tema. Días o semanas después, revisaba esa libreta donde se mezclaba cálculo integral, poemas a medio escribir y fragmentos garabateados (difíciles de descifrar debido a mi caligrafía: quien los viera pensaría que estudiaba medicina y no ciencias computacionales) y trataba de recordar qué quise decir, probablemente inventando el motivo original. Más tarde, iba refinando esa brizna de idea: buscaba en la memoria la forma más elaborada de...
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