En cambio, a pesar de tu conciencia, y la de todos, necesito de ti. Es así como todas mis faenas necesitan cargar tu nombre. Cada triunfo es para que tú me admires, cada sueño es para que estés ahí, y sepa yo entonces que es real. Sucumbe a mí también la necesidad, y la costumbre, como a cualquier humano, como en la más antigua historia. Mi amor, el mismo de los antiguos por las antiguas, sin nada nuevo, excepto por las rosas, que crecieron nuevamente. También están esas sorpresas que de pronto tienes cuando yo te admiro, el amor es el de siempre, pero nosotros los que amamos, ya no somos otra vez los mismos. Se mece incansablemente la probabilidad del fin, pero a cada vez que nos amamos, se detiene. Hace falta entonces esa fuerza que destruye el amor y lo vuelve mil pedazos, y después nada. Mientras tanto, necesito de ti.
Hace poco, mientras hacía zapping, me encontré con una entrevista a Julio Cortázar sobre su proceso de escritura, y me sentí un poco identificado, salvando, claro, las abismales diferencias. Me recuerdo a mis veintes, cuando el autobús me llevaba de regreso a casa después de la universidad y yo escribía mientras miraba por la ventana una breve idea: la semilla de algo que me había llamado la atención durante el día —una palabra, una sonrisa, un perro persiguiendo su cola…—. A los veinte casi todo es nuevo y sorprendente, así que era difícil quedarse sin tema. Días o semanas después, revisaba esa libreta donde se mezclaba cálculo integral, poemas a medio escribir y fragmentos garabateados (difíciles de descifrar debido a mi caligrafía: quien los viera pensaría que estudiaba medicina y no ciencias computacionales) y trataba de recordar qué quise decir, probablemente inventando el motivo original. Más tarde, iba refinando esa brizna de idea: buscaba en la memoria la forma más elaborada de...
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