Bebí un par de cervezas y me subí muy a pesar de las probables consecuencias legales y letales a buscar un sitio para continuar la noche. Conduje por callejuelas y encontré prostitutas pero no cantinas hasta que se terminó la ciudad por el lado sur; pareciera que los jueves no se saben divertir en el cinturón de miseria. Me largué tan pronto como pude para evitar a unos tipos que esperaban a que me bajara del auto para conseguir mi cartera y desmantelar mi vehículo. Entonces conduje hasta que en una avenida encontré un antro esnobista irónicamente llamado ‘city pub’. No había tarros de stout ni parroquianos sino cerveza light (en tarro pequeño) y universitarios cuidadosamente peinados y vestidos como extras de un video musical. Y como la cerveza era exponencialmente más cara y yo no tenía a nadie a quien impresionar con mi cartera llamé con la mano al mesero para que me trajera la cuenta. Me pregunté si en Irlanda los pubs también proyectan videos de justin bieber.
Hace poco, mientras hacía zapping, me encontré con una entrevista a Julio Cortázar sobre su proceso de escritura, y me sentí un poco identificado, salvando, claro, las abismales diferencias. Me recuerdo a mis veintes, cuando el autobús me llevaba de regreso a casa después de la universidad y yo escribía mientras miraba por la ventana una breve idea: la semilla de algo que me había llamado la atención durante el día —una palabra, una sonrisa, un perro persiguiendo su cola…—. A los veinte casi todo es nuevo y sorprendente, así que era difícil quedarse sin tema. Días o semanas después, revisaba esa libreta donde se mezclaba cálculo integral, poemas a medio escribir y fragmentos garabateados (difíciles de descifrar debido a mi caligrafía: quien los viera pensaría que estudiaba medicina y no ciencias computacionales) y trataba de recordar qué quise decir, probablemente inventando el motivo original. Más tarde, iba refinando esa brizna de idea: buscaba en la memoria la forma más elaborada de...
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