Existe un todo individual, para cada uno de los que pisamos esta tierra. Un impalpable limite lo rodea y posee propios sus infames y sus héroes, sus alegrías y sus muertes. Todo lo nuestro lo constituye y como lo etéreo, se desapercibe.
Figuramos como islas en este mar de llantos, tan separados unos de otros como lo están las estrellas que titilan en los cielos. En la necedad que construye nuestro espanto se labran puentes, fantasmas de dolor, y quien desea cruzar para otro lado tan solo cae. No hay escape, este cuerpo en el que se nace es también la sepultura.
¿Por qué no podré conformarme? Ninguna de las alegrías que hay aquí me alcanza, ninguna hiel es suficiente para consumir la herida. Suicidas anhelos me acompañan, el tenue final me aguarda. Quisiera saber de pronto, si quieren largarse todos, igual de sus desdichas.
Sabré entonces que el final, está tapizado de miserias.
Observo escrupulosamente cada dirección que me rodea, para ver si te apareces entre los cristales...
Hace poco, mientras hacía zapping, me encontré con una entrevista a Julio Cortázar sobre su proceso de escritura, y me sentí un poco identificado, salvando, claro, las abismales diferencias. Me recuerdo a mis veintes, cuando el autobús me llevaba de regreso a casa después de la universidad y yo escribía mientras miraba por la ventana una breve idea: la semilla de algo que me había llamado la atención durante el día —una palabra, una sonrisa, un perro persiguiendo su cola…—. A los veinte casi todo es nuevo y sorprendente, así que era difícil quedarse sin tema. Días o semanas después, revisaba esa libreta donde se mezclaba cálculo integral, poemas a medio escribir y fragmentos garabateados (difíciles de descifrar debido a mi caligrafía: quien los viera pensaría que estudiaba medicina y no ciencias computacionales) y trataba de recordar qué quise decir, probablemente inventando el motivo original. Más tarde, iba refinando esa brizna de idea: buscaba en la memoria la forma más elaborada de...
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