Estaba a punto de abrir una lata de conservas, mi cena, disponerme
terminar un libro de Andrea Camilleri cuando me dijo que pasaría por mí en diez
minutos.
Y no llegó en diez sino en cuarenta, pero llegó en su auto
deportivo y me saludó muy contento y después de mensajear a quien sabe a
cuantas personas arrancó el auto y partimos con rumbo incierto.
Hizo otra llamada y en tres minutos le quitó lo incierto al
rumbo y le puso un plan a la noche: un bar, un cumpleaños.
El alcohol hizo lo suyo y como de costumbre terminé hablando de cosas
tristes o preocupantes, pero burlonamente; nadie quitó la sonrisa ni dejó de
beber y esto como siempre está bien porque nunca tengo la menor idea de lo que
hago.

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