Visité la cárcel, esta vez no fue por orinar la calle, fue
algo peor; trabajo.
En la entrada una fila de mujeres vestidas de amarillo con
recipientes de comida. Al final de la fila un par de policías revisaban con un
cuchillo la consistencia de cada recipiente, buscando una llave, una navaja o
quien sabe que cosas que puedan esconderse en un bote de comida.
Cuanto amor, pensé, uno capaz de impulsarte a moverse a las
afueras de la ciudad, esperar horas, dejar que te revisen de todas partes, que
un par de policías malencarados metan sus manos con guantes de goma en tu
comida. Qué determinación, cuánto compromiso. Hay personas que se han dejado de
hablar por mucho menos.
Ya adentro, en las jardineras, había una especie de picnics,
donde parejas y familiares comían juntos, había muchas sonrisas, y las personas
me decían buenas tardes, compermiso cuando pasaba junto a ellos.
¿Qué habrá hecho esa gente para haber sido privada de su
libertad?
¿Solo a libertad perdieron?
¿Y que poseían? ¿Qué poseen ahora?
El amor en la cárcel toma la forma de un bote de arroz con
el sabor de las mejores intenciones.
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