Todo comenzó en una fiesta.
Ni siquiera recuerdo el motivo,
lo más probable es que no hubiese motivo; cursábamos el último año de la
universidad y los motivos no eran necesarios para armar una fiesta.
Habían cooperado entre todos para
comprar un par de botellas de vodka y cigarrillos. Yo no tenía un centavo, y
aunque en principio me había rehusado a participar me insistieron tanto y
fuimos todos a mi casa.
Cuando comencé a beber en las
medianeras de mi vida universitaria, cuando el miedo inicial se disipa y
comienzas a confiar en tus habilidades y a invertir tanto tiempo en estudiar.
Beber de joven es increíble, no tiene nada que ver con el precio de la botella
o el lugar, era la convivencia, acercarme a las personas, dormir mi pánico
social y sentir que tengo tanto en común con otros, todos vomitamos y el
alcohol no discrimina de gustos o apariencias. Yo, el tímido de la clase podía
platicar y divertirme con la más bonita de la escuela.
También alcoholizado se borraban
mis prejuicios musicales, sin cabeza ni oportunidad de criticar el solfeo, la
composición o producción de la música popular, uno se centraba en la letra, o
más bien como su simpleza conectaba con todos en la fiesta. Esa cualidad humana
de la música parece quedar sepultada bajo tecnicismos y ñoñería musical. O el
baile, puedes amar mucho a Chopin, pero ninguna mujer desconocida te va a
restregar el trasero mientras suena a todo volumen. Ahí se empezaba a dibujar
mi personalidad, mis gustos, mis observaciones.

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