Baila, tu cuerpo estilizado se mueve al ritmo de la música, al de los aplausos y las luces, las de neón, un haz que atraviesa el humo de cientos de cigarros. Tu silueta que atraviesa el salón y el ruido y las presencias y llega, integro a mis ojos. Tú también me observas, aquella sonrisa tuya que tanto has practicado frente al espejo provoca una reacción en mí, soy consiente del sintetismo, pero lo hago a un lado: esta noche quiero ser nuevamente solo un animal. Me entrego a ti, a tus manos, tu perfume, tu escasa vestimenta y el blanco de tu piel. Su contraste con la oscura noche. Me entrego a ti, como sea que hoy quieras llamarte, se que no juegas con mis sentimientos, no das pie, no interesan, no hacen falta. Trabajas con mi instinto. Tu trabajo es hacerme sentir deseado. Lo consigues: has llegado hasta mi mesa sin ser llamada. Me dices que también tú estás triste, los hombres son malos. ¿Malos? Al que te refieres es estúpido, no malo; como pudo dejarte ir… ¡ah! Pero puedo invitarte una copa. ¿No? Ahora me dices que mejor no lo gaste aquí. Debes trabajar, déjame aquí la sensación de tu contacto, para ahora que a mi cuerpo le hace falta. Ya me voy, espero que me dures para mañana. Adiós, como sea que hoy quieras llamarte.
Hace poco, mientras hacía zapping, me encontré con una entrevista a Julio Cortázar sobre su proceso de escritura, y me sentí un poco identificado, salvando, claro, las abismales diferencias. Me recuerdo a mis veintes, cuando el autobús me llevaba de regreso a casa después de la universidad y yo escribía mientras miraba por la ventana una breve idea: la semilla de algo que me había llamado la atención durante el día —una palabra, una sonrisa, un perro persiguiendo su cola…—. A los veinte casi todo es nuevo y sorprendente, así que era difícil quedarse sin tema. Días o semanas después, revisaba esa libreta donde se mezclaba cálculo integral, poemas a medio escribir y fragmentos garabateados (difíciles de descifrar debido a mi caligrafía: quien los viera pensaría que estudiaba medicina y no ciencias computacionales) y trataba de recordar qué quise decir, probablemente inventando el motivo original. Más tarde, iba refinando esa brizna de idea: buscaba en la memoria la forma más elaborada de...
Comentarios
Muuuuuuacks!