Sufro a veces de laxitud descriptiva, puedo tardar hasta veinte minutos en encontrar una palabra en específico para expresarme. Por ejemplo, si quiero decir “iniciativa” se me vienen a la mente un par de definiciones, ejemplos, pasajes de mi vida donde se me ha dicho esa palabra, libros donde lo he leído, películas, documentales, a veces, muy borrosamente, las formas de conjugarlo en ingles, pero la maldita palabra no sale de mi boca, ocurre con mayor frecuencia en proporción a la usanza del vocablo. Cuando me sucede en público me siento estúpido. Me pregunto por que mientras me vuelvo más habilidoso para construir abstracciones complejas y relaciones contextuales amplias soy cada vez más torpe para expresarme. Se me ocurre formular: “poseo ideas que mi español aun no descubre”. Encuentro, por ejemplo, en el vuelo de un ave mil palabras, e imagino, ya escritas, ya oradas con cien entonaciones, y en cien escenas distintas esas mil palabras que describen el vuelo y a veces, el sentimiento que esas alas provocan. Se me antoja luego escribir mi palabra, inventar mi entonación y también la escena, para acercar cada vez mas mi lenguaje a la irrealidad, que son mis hechos. Para que el sentir de mi corazón pueda salir de su encierro, convertida en una o diez palabras. Y entonces me pregunto si en verdad eso puede ser. Y me pregunto aun, si eso podrá aliviar el ahogo, la miseria.
Hace poco, mientras hacía zapping, me encontré con una entrevista a Julio Cortázar sobre su proceso de escritura, y me sentí un poco identificado, salvando, claro, las abismales diferencias. Me recuerdo a mis veintes, cuando el autobús me llevaba de regreso a casa después de la universidad y yo escribía mientras miraba por la ventana una breve idea: la semilla de algo que me había llamado la atención durante el día —una palabra, una sonrisa, un perro persiguiendo su cola…—. A los veinte casi todo es nuevo y sorprendente, así que era difícil quedarse sin tema. Días o semanas después, revisaba esa libreta donde se mezclaba cálculo integral, poemas a medio escribir y fragmentos garabateados (difíciles de descifrar debido a mi caligrafía: quien los viera pensaría que estudiaba medicina y no ciencias computacionales) y trataba de recordar qué quise decir, probablemente inventando el motivo original. Más tarde, iba refinando esa brizna de idea: buscaba en la memoria la forma más elaborada de...
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Muuuuuuacks!