Si pudiese tomar todo lo que deseo sin particular dificultad, supongo, se perdería todo sentido de lucha, de logro, toda satisfacción madura, todo anhelo. Ignorar al objeto elimina temporalmente al apetito, y consecuentemente a la posible satisfacción de obtenerlo, casi de igual manera, la complacencia desaparece cuando se obtiene lo que se anhela. Vaga virtud, tener o no tener es lo mismo, lo que importa es la carrera. Pero luego está el cansancio, luego el tedio, y está el posible fracaso que nada lo borra. ¿Por qué dios nos dibuja tan amplios los caminos y tan pequeños los señalamientos? ¿Por qué no me puedo conformar con anhelar y por qué tengo miedo de ser ingrato con todo lo que ya tengo? Las apetencias huyen y se esconden lejos como las horas en las mañanas, permanecen como los recuerdos, pero ningún anhelo mío las alcanza.
Hace poco, mientras hacía zapping, me encontré con una entrevista a Julio Cortázar sobre su proceso de escritura, y me sentí un poco identificado, salvando, claro, las abismales diferencias. Me recuerdo a mis veintes, cuando el autobús me llevaba de regreso a casa después de la universidad y yo escribía mientras miraba por la ventana una breve idea: la semilla de algo que me había llamado la atención durante el día —una palabra, una sonrisa, un perro persiguiendo su cola…—. A los veinte casi todo es nuevo y sorprendente, así que era difícil quedarse sin tema. Días o semanas después, revisaba esa libreta donde se mezclaba cálculo integral, poemas a medio escribir y fragmentos garabateados (difíciles de descifrar debido a mi caligrafía: quien los viera pensaría que estudiaba medicina y no ciencias computacionales) y trataba de recordar qué quise decir, probablemente inventando el motivo original. Más tarde, iba refinando esa brizna de idea: buscaba en la memoria la forma más elaborada de...
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