Como parte de mi educación universitaria, una vez un profesor me hizo describir un ejemplo de empirismo recursivo. Le dije que leyera a Hegel, pero no me hizo caso, entonces le conté que una vez en una fiesta un tipo dijo que la única razón por la que en estos tiempos modernos no cuelgan a los negros es porque ya no hay tantos arboles como en antaño, y que el sujeto aprendió empíricamente, y a travez de la observación, que su comentario molestaba más a las burguesas reunidas que a los morenos, entonces, en otra conversación comentó que eso solo podía deberse o a que esas señoras eran en realidad bastante negras por dentro, o a algún noir amant de aprecio. El profesor se indignó tanto el pobre, que me negó la educación por un semestre.
Hace poco, mientras hacía zapping, me encontré con una entrevista a Julio Cortázar sobre su proceso de escritura, y me sentí un poco identificado, salvando, claro, las abismales diferencias. Me recuerdo a mis veintes, cuando el autobús me llevaba de regreso a casa después de la universidad y yo escribía mientras miraba por la ventana una breve idea: la semilla de algo que me había llamado la atención durante el día —una palabra, una sonrisa, un perro persiguiendo su cola…—. A los veinte casi todo es nuevo y sorprendente, así que era difícil quedarse sin tema. Días o semanas después, revisaba esa libreta donde se mezclaba cálculo integral, poemas a medio escribir y fragmentos garabateados (difíciles de descifrar debido a mi caligrafía: quien los viera pensaría que estudiaba medicina y no ciencias computacionales) y trataba de recordar qué quise decir, probablemente inventando el motivo original. Más tarde, iba refinando esa brizna de idea: buscaba en la memoria la forma más elaborada de...
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